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Tu cuerpo te traicionará (Joseph Schreiber)

A continuación comparto una traducción del texto "Your Body Will Betray You" publicado en 2016 por Joseph Schreiber en Minor Literature[s].
Original acá: https://minorliteratures.com/2016/05/06/your-body-will-betray-you-joseph-schreiber/

Este es un contenido diferente a lo que suelo compartir en este blog, y lo mío no son las traducciones literarias así que espero poder hacerle algo de justicia al texto original para hacerlo más accesible a la comunidad hispanohablante.

Este es un texto que leí por primera vez cuando se publicó, que en su día resonó conmigo y a más tiempo pasa desde mi transición, más lo entiendo.

No se trata de información sobre cirugías, tratamientos hormonales o transición legal. No se trata de la parte más objetiva y cuantificable de la transición en la que siempre me he enfocado, sino de la experiencia como tal. No sólo de la experiencia de la transición sino del resultado de la misma y de lo anterior a ella. Las consecuencias y secuelas de un proceso que, aunque muy necesario e inevitable, es imperfecto y nunca podrá cambiar de dónde venimos ni los límites que no podemos a día de hoy sobrepasar. La dualidad de ser quien realmente eres con un pasado que no es coherente con ello, y la realidad de las limitaciones físicas. Algo de lo que creo que no se habla demasiado. La mayoría aparecemos y desaparecemos en cuestión de años, documentando los cambios físicos y los problemas sociales del inicio, las cirugías y sus resultados, y después de eso ya no hay de qué hablar. O quizá sí. ¿Quién habla del proceso mental que supone someterse a todo esto, de no sólo empezar el camino sino de terminarlo también, de haberlo andado como tal? No mucha gente.

Con esta traducción pretendo iniciar el diálogo sobre estos temas y animar a aquellos que llevan ya unos años en transición a compartir sus ideas y experiencias si quieren. Entiendo la necesidad de espacios para aquellos pre-transición y en las primeras etapas, por supuesto, pero después de la transición seguimos existiendo, seguimos siendo trans, y a veces necesitamos nuestro propio espacio también.

En fin, el blog seguirá siendo enfocado en las partes más médicas de la transición que es donde más conocimientos tengo respecto al tema, pero también me gustaría ampliar la temática para incluir la experiencia post-transición de la que la mayoría no hablamos.

A continuación la traducción. Muchas gracias a Joseph por darme permiso para hacerla, y por escribir un texto tan bueno y compartir su experiencia para empezar. Recomiendo leer el original inglés si es posible ya que no soy traductor profesional.


TU CUERPO TE TRAICIONARÁ


"Del interior hacia el exterior, pero ¿desde qué interior hacia qué exterior?"
Róbert Gál, On Wing

Esta no es la historia de mi vida, sino la historia de mí viviéndola, de mí siéndola.

Y esa es una historia por completo diferente.

Soy, a falta de un término mejor, un hombre con un género diferentemente asignado. No, quizá hay términos mejores, más comunes --- transgénero, o queer, quizá. También los utilizo. Al menos cuando es oportuno hacerlo o cuando elijo situarme bajo un término paraguas más amplio. Pero debido a su propia inclusividad, estos términos quedan sin sentido. Definir el uno mismo para uno mismo requiere una posesión explícita del lenguaje empleado. Las palabras que acojo son mutables, evolucionan, incluso en el acto de ponerlas en papel o decirlas en voz alta. Las etiquetas sólo nos pueden llevar hasta cierto punto.

La historia es subjetiva. Sólo podemos saber lo que creemos saber.

Y eso no es mucho en absoluto.

Esto es lo que sí sé:

Viví, durante casi cuatro décadas, definido por los parámetros del cuerpo en el que nací. Recuerdo la sensación de albergar a un fugitivo, un recuerdo social temprano (¿con cuatro? ¿cinco? ¿seis años?). Este alguien dentro de mí no estaba conmigo, él era yo. Lo veía en mis ojos y quería que se fuera. Quería ser la niña que mi madre anhelaba, aquella cuyo género importaba únicamente porque su primera niña, la hermana que nunca conocí, murió antes de nacer.

Yo no era "marimacho". No deseaba ser un niño. Quería ser la niña a la que me enfrentaba en el espejo, aquella cuya autenticidad nadie más cuestionaba. Imaginaba que sentirse mujer era algo que se aprendía. Como atarte los zapatos o montar en bicicleta. Aún así, aunque "pasaba" en el mundo de niñas y mujeres, este "pasar" era una actuación calculada. Las normas permanecían opacas.

La compañía de chicos y hombres se convirtió en un refugio, el espacio donde mi otredad era validada, donde nadie cuestionaría nunca si era realmente mujer. La atracción sexual hacia los hombres era un valioso contrapunto a mi persistente inseguridad respecto al género. Olvidando que los encuentros románticos entre hombres en la ficción histórica de Mary Ranault me atraía más desesperadamente que cualquier cosa en las páginas de un típico romance chico-chica. Racionalicé que si tenía un novio, debía ser verdaderamente mujer después de todo.

Me casé joven y desaparecí.

Deben entender que cuando yo estaba creciendo, en las décadas de 1960 y 70, en la Canadá rural, nadie hablaba de "identidad de género" en absoluto. Y ciertamente nunca sugirierion que ésta pudiera diferir del sexo biológico. Incluso ahora muchos se ponen nerviosos por el concepto, citando biblia y verso. Mi crianza fue liberal, ni fundamentalista ni homofóbica, pero aún así mi "estar fuera de lugar" era mío, la apenas visible luz en la habitación oscura. Una historia antigua, pero no tenía ni idea de que había otros como yo.

La inseguridad respecto al género continuó persiguiéndome. Prescribió mi camino. Abandoné los estudios univeritarios dos veces, rechacé la entrada a Derecho, todo porque a más ejercitaba mi intelecto, menos energía tenía para dedicar a mantener el frágil equilibrio de ser una mujer en el mundo. Me retiré a los espacios más inequivocadamente "de mujer" que pudiera imaginar. Al final, en contra de mis instintos naturales, decidí tener hijos, y este fue el principio del final el principio del final de mi habilidad de aferrarme a cualquier reconciliación entre mi identidad interior y la vida que había construido.

Me derrumbé.

Sólo al juntarme nuevamente, en el resultado de un ataque de nervios, pude por fin enfrentarme abiertamente a las dos nociones fundamentales que me habían llevado a la manía: sexualidad y género. Me di cuenta de que no se iban a ir, y que una no podía tener sentido sin la otra.

Por favor, dense cuenta, en el mundo de hoy en día en el que "trans*" se anexa a todo tipo de identidades, donde la sexualidad ya no está estrechamente delineada y donde el género es algo que desafiar, puede parecer imposible imaginar que estuviera dándome cabezazos contra la pared durante tanto tiempo antes de ver la luz. Pero la mía era una época diferente.

Terminé en la biblioteca con una copia de Transgender Warriors y aprendí, por primera vez, lo que unos años de testosterona podían hacer para transformar el exterior y alimentar el interior de un hombre nacido físicamente mujer. Entendí en ese instante que no había otra opción. Finalmente tenía un nombre, una etiqueta para mí, y todo comenzó a encajar.

No soy insensato. Sabía que habría compromisos. Sabía lo que la cirugía podía ofrecer y lo que, en el mejor de los casos, podía sólo aproximar. Sabía que el bisturí se cobra más que su kilo de carne, que recuperarse bien no es la mejor venganza, y que habría limitaciones a las elecciones que tomaría. Pero nada de esto estaba en mi mente mientras esperaba mi primera inyección de las hormonas correctas, las que había ansiado en cuerpo y espíritu durante tanto tiempo.

Esto fue ahora hace quince años. Tenía cuarenta años. Y en la pubertad, incluso cuando eres suficientemente mayor para saber mejor, todo parece posible.

Hoy:

En la calle, soy invisible.

Al verme, nunca sospecharías la realidad de mi historia, el enreversado camino hasta el sueño de mi génesis.

Simplemente soy.

Y aún así no soy.

Soy a la vez más, y menos, que la suma de mis partes.

Siempre lo he sido. Siempre lo seré.

Durante mucho tiempo creí que lo que había hecho visible era el verdadero yo, la auténtica carne hecha por mí mismo, pero no es tan simple. Hay una inherente falta de fundamento, una inautenticidad encarnada en juego.

Siempre estoy en el proceso de surgir.

La (meta)fisicalidad de todo:

Contengo una vida dentro de una vida --- una vida desarticulada e hibridizada, desvaneciéndose y resurgiendo contra el paso del tiempo. Esa otra vida nunca me abandona, pero con la distancia la puedo tocar menos y menos, como si nunca hubiera sido mía. Ahora se siente como si le perteneciera a otra persona. Le pertenece a aquellos que la guardan en su memoria mis padres, mis hermanos, mis hijospero ¿qué significa, si significa algo, para mí?

Es como si fuera dueño del interior, pero no del exterior, de los primeros cuarenta años de mi vida.

Así que ¿qué tengo ahora? Una existencia más coherente, en absoluto, pero con el conocimiento de que una experiencia totalmente completa es algo que no tendré jamás. Mi cuerpo esta desfigurado, no por elección o diseño deliberado es simplemente lo mejor que puedo alcanzar. Y en el final como en el principio, el cuerpo es sólo un eco de lo que soy, un recuerdo de lo que fui.

Puedes cambiar tu cara, pero tu cuerpo te traicionará.

A más lejos procedo, más me doy cuenta de que nunca llegaré. La transición es una experiencia que siempre trata de reformular y redefinir fronteras.

Sin fronteras, soy para siempre un migrante surgiendo perpetuamente.

El ser no se puede medir.

El ser no se puede reducir al cambio del sexo en un pasaporte.

En la calle soy invisible.

Y aquí yace el quid de la cuestión. La invisibilidad, una vez conseguida, se considera una señal de éxito. Eso es a lo que se refiere una persona en transición cuando dice que "pasa". "Pasar" es ser visto sin preguntas como uno con el género que siente propio. Y es más que la habilidad de desaparecer entre la multitud. Hay una completitud interna que viene con las hormonas y los pronombres y el nuevo nombre un nivelado, una sensación de paz.

Pero el cuerpo, el cuerpo es otra cosa. Sólo ahora el eje de la discordancia se ha movido.

Para aquellos que traspasamos la línea visible entre mujer y varón, hay un sacrificio. El viaje queda para siempre escrito en el cuerpo, sin importar cómo de lejos uno pueda o elija llegar. Quedamos a la vez dramáticamente transformados y decididamente inacabados o diferentemente diseñados. Acepté este coste dando por hecho que no importaría.

Quince años después, importa. Al menos para mí lo hace.

No me malinterpreten. No cometí ningún error. Este es el único camino que podría haber tomado una vez lo encontré en el mapa. Soy infinitamente más feliz, más asentado de lo que nunca podría haber imaginado. Pero si anhelo algo, es la vida que nunca tuve, la vida del niño o cualquier vida, varón o mujerque hubiera sido coherente, sexo y género, género y sexo. Por mucho que los dos están divididos, lo físico y lo psicológico, no están separados en el vivir, en la experiencia de ser. Existimos como mentes encarnadas o, si lo prefieren, espíritus encarnados en el mundo.

Pre-transición había una fractura interna del ser. Luchaba por alinear el mundo de fuera con el espacio interno que habitaba. Era un incómodo inadaptado. Nada tenía sentido. Incluso el glam rock y el punk de mi adolescencia ofreció poco más que una chispa de esperanza antes de desaparecer. Durante años me consideré un dualista cartesiano. La realidad ontológica que experimentaba era similar a estar atado a un cuerpo que nunca podría ser un hogar. A lo largo de los años comencé a hablar de "este" cuerpo, a describirlo como una entidad distinta. Me encontraba en momentos sintiéndome como que estaba moviendo mis caderas conscientemente y propulsando mis piernas hacia delante, como una persona lesionada aprendiendo de nuevo cómo andar. En forma embarazada me tambaleaba. Para entonces estaba completamente perdido.

Reconocerse a uno mismo como transgénero, es decir, entender que el yo real era la identidad de varón dentro de mí y aprender que el exterior podía modificarse para conformarse, fue suficiente para llevarme al divorcio y lanzarme hacia una nueva vida. En los primeros años había tanto que ansiar, tantos cambios, y tanta extrañedad aleatoria. La pubertad a los cuarenta es intensa y salvaje y rara. Durante años me lancé al trabajo, midiendo mi propio valor por el título en mis tarjetas de negocio, y encontrando validación en el único rincón de mi vida en el que nadie conocía mi pasado.

Mi transición era un éxito de libro. O eso parecía.

No hice amigos cercanos, no tuve amantes, no fuera que arriesgara el delicado equilibrio de finalmente existir como hombre en la sociedad. Sacrifiqué mi nueva autenticidad por otra verdad superficial una coherente con una historia implicada que no amenazaría con exponerme. El muro que una vez construí en el interior, reconstruí en el exterior.

Ahora lo he demolido y deconstruido de nuevo.

Pero aún me encuentro turbado por una inquieta inautenticidad del ser. Sus preocupaciones se introducen en la tensión entre mi deseo de pasar desapercibido y mi necesidad de ser fiel a una vida vivida contracorriente. Está buscando una voz.

En la calle soy invisible.

Soy. Y no soy.

Soy a la vez más, y menos, que la suma de mis partes.

Siempre lo he sido. Siempre lo seré.

Aquí estoy escribiendo sobre mi vida, abriendo las venas de la historia sin sacar los detalles. He ofrecido trozos y fragmentos, sólo lo suficiente para comenzar a enmarcar una pregunta, para intentar comenzar a articular mi experiencia hibridizada de vivir entonces y ahora.

Esto es un esbozo. Eso es todo.

Estoy siempre en el proceso de escribirme hacia ser.


Posdata:

Si la cumbre de la virilidad es orinar de pie, el nadir de la virilidad es ser gay y entender que siempre llegarás corto.

La novia desnudada por sus solteros. Incluso.

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Joseph Schreiber es un escritor en Calgary, Alberta. Tiene un blog llamado roughghosts y es un contribuidor en Numéro Cinq. Sus reseñas han aparecido en 3:AM Magazine y Three Percent. Tiene próximos trabajos en un puñado de espacios.



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